La última vez que la vimos paseaba un niño sucio en los brazos. Estaba muy delgada, casi irreconocible. Señaló su móvil para excusarse. El teléfono estaba entre ella y el crío. Parecía que hablaban a través dél. Aunque, durante esos segundos, nadie dijo nada. Ni siquiera nosostros. Ni siquiera después.